Desde que tengo memoria la vulva es, frecuentemente, la zona más incomprendida y mal nombrada de nuestro cuerpo. Durante mucho tiempo, incluso hasta la vida adulta, solemos utilizar el término «vagina» de forma genérica, sin ser conscientes de la riqueza funcional y el protagonismo que merece cada una de sus partes.
Para habitar nuestro cuerpo con mayor conciencia y elegir productos de salud menstrual adecuados, es fundamental distinguir sus funciones:
La vulva es el conjunto de genitales externos. Incluye los labios mayores y menores, el clítoris, la abertura uretral, las glándulas vestibulares y el orificio vaginal. Su función va más allá de proteger el canal interno; es un centro fundamental de placer y nuestra principal vía de conexión sensorial.
La vagina es el canal interno, elástico y fibromuscular que conecta la vulva con el cuello del útero. Es el espacio por donde desciende la menstruación, el moco cervical y demás fluidos; también en ella ingresa el pene durante el coito y por ella salen los bebés al momento de nacer.
Históricamente, se ha difundido la idea de que la vulva y la vagina no deben tener olor, normalizando el uso de productos con aromas o efectos desodorantes diseñados para ocultar su naturaleza. Asimismo, se ha estigmatizado la presencia del flujo vaginal. Estos conceptos imponen la necesidad de rutinas de higiene excesivamente estrictas que, en muchos casos, resultan contraproducentes para el equilibrio biológico si no se realizan de manera adecuada.
Es fundamental distinguir que la vulva es la zona que efectivamente requiere limpieza externa. Esta área se compone de diversos pliegues (formados por los labios internos y externos) y, en la etapa adulta, suele estar protegida por vello. Su estructura tiene la función vital de resguardar las aberturas vaginal y uretral, evitando el ingreso de agentes externos para preservar el equilibrio del pH interno.
Una higiene adecuada de la vulva debe realizarse principalmente con agua potable. En caso de preferir el uso de jabón, es recomendable elegir uno de pH neutro, prestando especial atención a los pliegues entre los labios y al capuchón del clítoris. Para finalizar, es indispensable asegurar un correcto secado de toda la zona.
Por el contrario, la vagina no debe lavarse. Es un órgano con mecanismos autónomos de protección y limpieza que actúan mediante la liberación diaria de flujo vaginal. La cantidad y las características de este flujo pueden variar —siendo más o menos perceptible— según la fase del ciclo en la que se encuentre la persona.
En condiciones regulares, este flujo mantiene un pH ácido que ejerce una acción bactericida, impidiendo el desarrollo de gérmenes patógenos. Estas variaciones son naturales y dependen directamente de la edad y del estado hormonal individual:
La vagina no es un entorno estéril ni carente de microorganismos; para defenderse de forma efectiva, depende de un balance dinámico de bacterias y hongos conocido como microbiota vaginal. En este ecosistema, los lactobacilos son los microorganismos principales que aseguran el equilibrio y la salud del área.
Cualquier alteración significativa en este entorno podría desencadenar inconvenientes a corto y largo plazo. Si bien el origen de un desequilibrio en el pH no siempre está relacionado con las acciones personales, existen recomendaciones fundamentales para preservarlo:
Higiene consciente: Realizar la limpieza siempre de adelante hacia atrás para evitar el contacto de la zona genital con microorganismos procedentes de la región anal.
Atención a la vulva: Limpiar y secar adecuadamente los pliegues vulvares para evitar la acumulación de humedad.
Gestión menstrual saludable: Evitar el uso prolongado de tampones. Es recomendable considerar alternativas de gestión menstrual, ya que los tampones no solo absorben la sangre, sino también las mucosas protectoras naturales.
Respetar la cavidad vaginal: Evitar las duchas vaginales o cualquier tipo de lavado interno. Es importante recordar que solo se requiere higiene en la zona externa (vulva).
Priorizar el agua: Evitar el uso de jabones en el área; el agua potable suele ser suficiente para una limpieza segura.
Textiles y transpiración: Optar por ropa interior de fibras naturales como el algodón y evitar prendas excesivamente ajustadas que limiten la ventilación.
Además de los hábitos de cuidado, existen otros factores que pueden incidir en el pH, como el estrés (y desequilibrios hormonales en general), el uso de anticonceptivos que usen hormonas sintéticas y ciertos tratamientos antibióticos.
Lo ideal es mantener una observación atenta sobre cualquier cambio en el aspecto de las secreciones, evitar la automedicación (incluyendo el uso de óvulos y anticonceptivos sin asesoría profesional) y acudir anualmente a una consulta profesional de ginecología para recibir diagnósticos precisos y preventivos.